martes, 1 de febrero de 2011

A quien pueda interesar

Que cada vez que lo veas sea por primera vez, más cuando sus ojos recogen toda la luz de la noche y luego te miran.  Toca su cuerpo, sin que lo sepa. Acompáñalo a su cama, acuéstate con él. Presta atención a lo que dice cuando cree que nadie lo escucha, bésalo sin aviso, respira sobre su piel. No levantes sospechas, pero sí su camisa, quédate entre sus manos a dormir. Baila ahí, haz que ceda, que juegue, que ría, que presiente que lo miran, y que sienta que te extraña. Hazle olvidar su cabeza, y préstale la tuya, compartan ideas y moradas, laberintos, playas, bosques y bosquejos, frutas, planetas, perversiones, cosas y manías. Rózale los labios. Hila sus suspiros, mantenlo vivo, haz movimiento unísono que combine con el poder de un tirabuzón de viento capaz de rodar la mesa y  tumbarte de prisa. Cierra las tres puertas de su pecho y deja que explote todo dentro. Desecha los residuos y quédense con lo bueno.  Ahora, dale la espalda y extráñalo sin haber soltado su mano. Sorpresa. 
Esto comienza así.

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