jueves, 17 de diciembre de 2009

A los ojos
















Los ojos, el epicentro de nuestro encanto, los que reflejan la pulcritud o el tizne de eso que llaman alma y que pueden operar bajo el mando de una emoción o un simple desvelo. Es entonces cuando rondan por las yemas de mis dedos un sinfín de antagonismos sobre lo que puede estar -o no- sucediendo debajo de mi tórax. ¡Cómo se puede atravesar una muralla de piel, músculos y huesos con tan sólo una mirada a través del salón! Algo así como una luz extraviada que encontró acomodo en este pulso mío, que con nada se agita, y no necesita de palabras para entender la advertencia de los ojos, focos de nuestro palpito.


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martes, 24 de noviembre de 2009

Pelos en el jabón




Hubo hace un pocotón de años algún señor de calvicie evidente, a quien se le ocurrió soltar palabras a mansalva y no darles un orden lógico. Luego apareció otro señor de bigotito teatral y bautizó lo que hizo el primero como dadaísmo. 


Entonces, ambos, en un acuerdo de sabios y locos, se estrecharon las manos y decidieron que los que quedábamos de humanidad y civilización tendríamos que apiñar en las ramas de nuestros conocimientos eso que acababan de hacer. Y ya. Así quedó. A estas altura del texto aún no se si estoy reclamándole algo a ellos, nuestros antecesores o, por el contrario, agradeciéndoles que hayan nutrido nuestros libros de historia, filosofía y algebraica. 


Lo cierto es que, presiento que TODO lo que sabemos se basa en nada, lo cual corrresponde a cualquier cosa que a cualquiera se le pudo haber ocurrido en cualquier momento. Estaría muy agradecida si relees eso último. Necesito que vayas a la par conmigo. Anda. 


A ver. Lo que intento decir es…la hipotenusa es elegante y educada porque así un matemático educado y elegante lo quiso. Napoleón Bonaparte murió de lo que murió porque sí, punto, nadie puede alterar ese hecho histórico. Bien. Pero, gran parte de nuestra "historia" está labrada por gente que determinó construir un futuro, y es ese futuro lo que estamos viviendo hoy. Quién decidió que la religión regiría nuestro vivir, que el dadaísmo fuese un factor aplicable al orden del arte, quién decidió que lo lindo sería lindo y lo feo no merecía ser admirado por nadie. O sea, que si nos provoca colocarle nuestro apellido a una teoría que atenta contra "lo bueno", "el orden" y "lo establecido" ¿podría ser aceptada, ejecutada y plasmada en la línea histórica de nuestra humanidad, aún si alterase ese TODO por el cual pataleo?, ¿quién es dueño de la verdad?, ¿quién ratifica o descarta?, ¿cómo se hace eso? Ponte tú que alguien quisiera hacer de contar los pelos del jabón una ciencia, nadie tendría la potestad de decir que sus criterios no pueden estar sujetos a revisión, darles valor y adaptar eso como una información digna. Y se que una ciencia –debo precisarlo- va más allá de este ejemplo infame que acabo de dar, sin embargo me funciona para retener la idea que torpemente intento expresar. Recordemos que estoy escribiendo impensadamente. Serena allá afuera y he batido mi propio record de bostezos por minuto. No, sólo por aclarar.


Quién dice que la rabia que un tipo refleja en su obra con una pincelada "verde moco" merece ser el punto focal de una sala familiar. Quién decide que no luce cutre y provoca cólicos de tan sólo verlo. Quién dice que lo Kitch es una grosería al arte o que no se puede romper con las tradiciones y remodelar lo que está establecido. Que todo lo que es ASÍ sea ASAO. Que todo lo que ya está creado sea alterado por las convulsiones intelectuales tuyas, mías o de otro señor con folículos pilosos débiles. 


¿Quién nos dicta las leyes de la invención y del saber?
Señoría, no hay más preguntas.


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jueves, 22 de octubre de 2009

En 10 años
























Cuando te preguntan “¿cómo te ves en 10 años?” te conviertes en uno de esos congresistas canosos de voz engolada que hablan con las yemas de los dedos unidas. Respondes con la cantidad de tus años rezumados en planes nutridos durante todo ese tiempo y con la certeza que te ha concedido tu espíritu de juventud, que juega a ser fantástica y hasta surrealist. Mencionas un par de ciudades como escenografía, algunos nombres y profesiones de cifras amables. Cedes algún espacio a la familia y un par de amigos que con suerte sobrevivirán.
Apuestas a días de gloria, relatando apresurado la ejecución de esa sarta de predicciones que ponen en tu rostro el característico movimiento de pupilas de Candy Candy. Somos seres soñadores e imaginativos, capaces de labrar todo un futuro en una respuesta, somos seres visuales, que con pequeños estímulos nos despegamos del suelo hasta alcanzar alturas espaciales.
En una respuesta le damos la vuelta al universo en un avión de papel, haciendo escala en los éxitos de otros, que funcionan como motivación, alas que elevan aun más nuestras expectativas. Y siendo esta una realidad casi inquebrantable, me aferro a ella sin “peros”, porque, aún teniendo la edad en la que supuestamente ya NO debería andar pensando en que no vine a este mundo para ser lo que hasta ahora parece que seré, le concedo un espacio bien amplio a mis pasiones más fieles, con las que me trasnocho sin darme cuenta, a las cuales acompaño de música y café.
¿Qué como me veo en 10 años?
Pues haciendo lo que estoy haciendo ahora ¡escribiéndolo todo, siendo feliz!

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sábado, 17 de octubre de 2009

En pausa


El ángel y el demonio que suelen posarse en las orejas cuchichean y negocian tu cordura. Hay una pausa y de fondo resuena el tono apagado de un monitor cardíaco que señala la ausencia de actividad eléctrica en el corazón. El tiempo que discurre en vano invoca pensamientos desechables, que van y vienen, y te invitan a seguir reproduciendo pestañeos al vacío.


Sin planearlo te internas en otra tanda de horas rápidas…o lentas, no se sabe, de vez en cuando el tiempo se olvida de uno y viceversa. Deja de importarte el calendario y lo pésima que está la programación. La pausa continúa al compás de estos días crueles, de ideas dispersas que no se confabulan para crear al menos un solo pensamiento alentador que funcione como anticuerpo contra tanto sopor. 


Buscas en qué posar la mirada, como una excusa para no moverte de donde estás, como si tuvieses un grillete en la mente…y las llaves oxidadas en las manos. Tu voluntad se desprende del movimiento de allá afuera y del apuro del reloj. Permanece así si es lo que quieres, pero no me proclames autora del coma que te inmoviliza.

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jueves, 15 de octubre de 2009

Un poquito más de nada



Tengo el día completo reciclando música y pensando basura.

El resultado fueron un pocotón de conclusiones a medio sacar, espantosamente intimidantes para mí, que predico y no aplico y que suelo mantener debajo de la lengua la amarga sensación de que estoy errada hasta la médula. 


Entre tanto, hago todo aquello a un lado mientras se despoja el cielo de la bravura de hace unas pocas horas. Dido canta la espera de un fulano tren, con su vocecilla aterciopelada. Levito entre plumas, duendecitos juegan con mi pelo y melodías hechizantes invaden lo que soy y lo que imagino ser. Y ellos se besan, se aman…esos personajes anónimos que nunca hicieron casting para tener mi noche de escenario.





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martes, 22 de septiembre de 2009

O nada



Heme aquí. El mundo moviéndose y yo inerte, con los ojos vidriosos, enjuagados de lágrimas, tratando de ignorar a Fulanitos y Perencejos, que me obcecan de tal manera que sucumbo en cólera. Esa que torna ácido mi humor, hipócrita mi sonrisa e irónicos mis actos. En mi vida, la divertida, hay intervalos grises, que desembocan en un enorme poso de brea…que me entumece, que me entristece, que me carga las lagrimas de una sustancia pesada, que duele y me incinera las mejillas.

Tú, quitecito allí. Que si por pura suerte sobreviviste a las líneas anteriores, no te será difícil leer lo que sigue.

En mi vida, la aburrida, hay sorpresas y agradables desenlaces, llamadas telefónicas y escenas que merecen aplausos. Caramba, esto ha sido puro error de cálculo en la concreción de mí ser. Me parece que es bueno encarnar a la protagonista que va por la vida desarmando sus emociones y ondeando sus sueños como banderas. Pero, ciertamente es más cómodo ser el personaje secundario, que esquiva la algarabía y toda intención de posar debajo del foco más fluorescente, que no se viste de gala ni corretea por las aceras preocupada por encontrar su mejor pose.

Entre una vida y otra, estoy yo, desnuda, en primera fila, deslumbrada viendo como el telón asciende con elegancia y las otras versiones de mí hacen su debut sobre las tablas. Se libran de sus temores, pavoneándose entre las luces, tan dueñas de sí, conmoviendo a una audiencia inmersa en furor. Lanzan la bufanda que cae sobre mi desnudez y aplaudo fundida en rabietas que se reproducen a cuenta gotas, que por momentos se disipan entre el éxtasis de una felicidad hechicera que tan pronto como me descuido, se esfuma. Y me pregunto porqué demonios. Asciende de nuevo el telón y con sutil perspicacia ellas conquistan la atención. Sacuden sus vestidos y dejan caer el sombrero. Abren los brazos y se embriagan de aplausos.

Y, exhausta, me detengo. Quiero creer que todo gira en torno a una escena que no me correspondía, que mi nombre no tuvo lugar en aquella obra, ni entre los personajes. Pero el mundo sigue girando y el público atento.
Aquí no hay “¡corten!”, ni dobles.


O yo y mi disposición, o nada. Y aunque haya considerado “nada” como una opción, ahora me apresuro a encontrar una orilla, como el mar, cerrar los ojos y apoyarme en lo que quiero y en lo que soy, y quizás darme tiempo para la próxima función.

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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ójala no lo lea...

Ella es mi esencia, el centro de mi existencia, la alegría de saber que no hay misión ulterior en mi vida en la que no esté involucrada su naturaleza. Su sabiduría no es la acumulación de conocimientos, sino esa actitud, esa manera de ser y sentir, esa forma de cultivar una relación conmigo, con el mundo, la vida y con ella misma que hace que la vea con el rabito del ojo para aprender de sus estratégicas formas de iluminar hasta el rincón más sombrío.

Por ella he aplicado inútiles técnicas de autocontrol que terminan en gritos mudos para evitar gruñirle palabras suicidas en la cara. Ella hace que me provoque apuñalear almohadas y que sea rehén de mi habitación. Me hace admirarla en silencio, y que le aplauda los gritos que me regala como píldoras sedantes. Es que, sinceramente teniéndome a mí como hija, yo gritaría más fuerte.

He engranado mis defectos con los de ella, hemos chocado hasta el punto de quebrarnos la paciencia en pedacitos. Es que… es difícil lidiar con su carácter forzoso, arriar con sus crisis de señora autoritaria que juega a ser democrática, cuando me recuerda que siempre seré su niña, aún cuando tenga 67 años. Ella es con quien de pronto quiero ser muy cariñosa, pero no del todo abierta, sincera o descarada. Pero es sin duda quien mejor sabe contagiarme una risa prolongada, de esas que se quedan suspendidas en el aire y dificultan retomar el aliento. Es la persona cuyo perfume me hace sentir que lo malo no es tan malo como parece.


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miércoles, 19 de agosto de 2009

Me quedé con uno...

Es curioso el olor de la carretera que te aleja de esta Caracas con problemas respiratorios. Es olor a lejanía que se amalgama con un movimiento en verde. Estuve relajada y a gusto con una playa como decoración. Con un sol que de vez en cuando me acariciaba mientras yo, distraída y descortés, lo esquivaba. La luz se intimidaba por un día escurridizo.

Caía la tarde en colores sobre el oleaje y juro por quien esté leyendo esto que no hay mejor programa que ver ese cielo purpurado de gloria. Quien portaba la cámara afortunadamente estaba conciente de cuan necesaria era para registrar aquel milagro de matices. En un momento cualquiera me ausenté para dedicarme a confiarle todo a mi memoria.

Estando en primera fila no fue difícil. Todas las imágenes se tomaron de la mano con mi imaginación, que es pretensiosa y reservada. Que se nutre con acontecimientos que si bien pueden parecer huecos para algunos, para mi significan un retrato sublime. Porque no hay un atardecer igual a otro. Porque yo me quedé con uno.


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jueves, 13 de agosto de 2009

GNT

Observar a la gente es una ceremonia casi casi hipnotizante. Encuentras desde miradas trasnochadas, hasta sonrisas plastiquísimas. Te pueden atropellar piropos que, por más que disimules, te arrebatan una carcajada, cuando a la vuelta de la esquina te sorprende un cálido “buenas tardes”. Las miradas rodean al tipo con pinta de turista descomplicado que con solo una guitarra garantiza su supervivencia, además de despertar el romanticismo infiltrado en la indiferencia de algunos con caras de pendejos. Ya no me sorprende el rostro inexpresivo de la cajera, que cree que mirar a los ojos a su cliente es un acto suicida. Abusa de mi lástima un amigo caminante que sucumbe en el sueño sobre su lecho de concreto. Y me pregunto qué soñará.

Gente. Mentes. Mundos.

Algunos parecen estar absorbidos por un horario. Sus días son un ciclo que se cierra diariamente al programar el despertador. Hay otros que descuidan sus prioridades y se lo hacen saber al mundo. Otros me desconciertan, hablan mucho y les entiendo poco. Y están los que, por el contrario, dicen solo lo necesario, pero no hay quien los entienda. La calle está plagada de ellos, de todos, de gente como tú y como yo, que es capaz de hacer una fila kilométrica detrás de la escalera eléctrica, habiendo mil escaleras tradicionales despejadas y a toda disposición.


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lunes, 3 de agosto de 2009

Paréntesis



Perteneces a la sociedad de los que no se trasnochan buscando su verdadera identidad, pretendiendo sólo aquello que se forja a base de tener que ser original o “diferente”. Tú eres lo que veo y no te preocupas por mostrar sólo lo bueno. Eres un mente cuadrada que, sin tapujos deja ver kilómetros y kilómetros de su pensar. ¡Y me gusta! Me gusta que seas terapéutico, sedante y asombrosamente relajante. Si, ¡tú!
Quien de pronto dejó de mirarme de soslayo.
Y a quien quiero mecer en mis pestañas,
para conservarlo en un rincón
especial de mi memoria.


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domingo, 26 de julio de 2009

Primaveras

Mi mamá está próxima a sumarle 20 a sus 20. Y creo que el evento me enternece más a mí que a ella misma. Pero lo ha tomado muy bien. Últimamente hablamos mucho de eso. De pronto le da por echarme sus cuentos de adolescencia y yo la escucho atenta por lo hipnótica que resulta su manera de relatar aquellos episodios de tardes tibias. 


Me gusta dejar en sus manos mis horas, buscarle el color a todo aquello que el tiempo ha desvanecido, dejarme absorber por sus palabras chispeantes y pedacitos de pasado memorables. Lo hace con el alma hecha un vendaval, con la alegría de quien descubrió un nuevo continente; amena y sincera, cómoda en su discurso, tan íntima y contagiosa. Ella es de esas mujeres con carácter recio, que por minutos te hacen tragar grueso. Es insistente con lo que quiere. Imponente y autoritaria. Desesperada y altanera. Atenta y sensible. De hecho recurre a ese coraje frívolo cuando se siente vulnerable. Creo… 


Su vitalidad parece nunca agotarse. Es dueña de un temple inquebrantable con el que muchos débiles sueñan. Es un don. No cualquiera fractura el piso cuando camina. No cualquiera hace de las lágrimas un chiste. No cualquier día se le suma un año a la colección de primaveras. 



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domingo, 12 de julio de 2009


Están los que no deberían existir, los que existen sin intenciones de hacerlo, los que en vez de existir, viven y los que de vivir tanto se olvidan de la existencia de otros. Los que anuncian su llegada con un antojo y los que se van porque les provoca, dejando a otros con ganas de morirse.

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viernes, 10 de julio de 2009

Calipso

Todos tenemos un "amigo caminante" léase, "loquito" como lo llaman los niños que lo miran con una curiosidad tan aguda que podría incrustarse en la piel. El amigo caminante merodea por el sector en el que vives, nadie sabe su nombre pero sí su apodo, el que la misma gente se encargó de perpetuarle en la cédula. De repente te sonríe y tú no hallas a qué santo encomendarte. Pero son de esas risas vacías, solo un arqueo de labios al que te le atravesaste. Es un pobre hombre cuyo tono de piel se perdió entre los tintes de la calle, su pelo es una maraña de pensamientos extraviados que lo hacen conjurar las palabras “gato” y “universo” es una misma frase. Recibe billetes anónimos para apaliar el hambre y es normal que le guste el olor de la tierra húmeda por la lluvia. Sus pasos son rehenes del miedo, pero irónicamente camina como el hombre que está conciente de su propia importancia. De repente mira enfurecido a su alrededor como queriendo encontrar respuestas a preguntas que se hizo en instantes de cordura. Y yo sigo observándolo con detenimiento, sin intención de hacer ningún acto de caridad; porque si crees que lo que sigue es “y le dí un trozo de pan” te equivocas. Fue apenas un ejercicio de observación que me puso a pensar en…pues en lo que él pudiera estar pensando. 

Seguramente no piensa en nada, su mente es como un electrocardiograma en línea recta. Se pueden detectar algunos segunditos de lucidez, insuficientes como para entablar una conversación coherente. Veo que se ciñe su camisa maloliente al cuerpo, a modo de defensa contra el mundo, digo yo. Se apresa contra su bolsa de…cosas, y decide acostarse en el lugar que lo adoptó como inquilino después de ser un forastero mal habido. Las luces de algunos carros se desparraman contra el charco de agua que lo acompaña, se le ven los párpados cansados, el sueño comienza a desdibujar un día tan igual al de ayer, al de hace dos meses, dos años, tan parecido al de mañana. Entre tanto, se acurruca en posición fetal y sueña con rostros familiares, absurdas fantasías, mundos ideales llenos de impunidad y riqueza, formas abstractas y casi monstruosas, que lo estremecen, además del frío. Se acomoda, acobija las manos en sus bolsillos rotos, los periódicos están húmedos y de los zapatos se desprende una pestilencia propia de gabinetes de comida vencida. Se suman las bondades de los perros hambrientos que, en busca de calor quizás, se acercan y lo arrullan, con sonidos como susurrados del infierno, como esos que los lobos hacen cuando se sienten libres o que se yo. Son sonidos que el oído humano no debería permitir, pero que para este pobre hombre, se traducen en compañía, en presencia, en algo capaz de dibujar sombras además de las suyas. 

Quizás el silencio sea indicio de paz y calma para cualquier mortal de abrigos amarrados, pero para él significa el peligro que lo deja nadando en un río furioso de miedos. No se inmuta como al principio de sus días anónimos, ahora reacciona con la rapidez de un gato arisco. Se alinea en una marcha cautelosa de rico presumido al sentir que algo anda mal, tanto silencio no puede ser real. De pronto, distingue una sombra, un movimiento fugaz lo dejó helado, recorrió su cuerpo un fusilazo de pánico opresor, de esos que dificultan la respiración. En su oído se escucharon las palabras: “Calipso, calipso”. Sus manos temblaban. En un intento de falso heroísmo se secó la frente perlada de sudor y adoptó un porte más rígido. Miró a su alrededor con la rapidez que impedía que se desmayase allí mismo. En medio de una idea vaga, reparó a los caninos. Pero al sondear todo el lugar, se percató que era una mujer la que reposaba sobre sus periódicos, al lado del animal. La reparó por unos minutos, sin poder creer en aquella imagen tan irreal. Era una mujer hermosa, con piel de terciopelo y cabello rojizo. Había en ella algo de cuadro francés. Su rostro no advertía peligro, solo una calma absorbente a la que era difícil desprenderse.

 ¡Pero no era posible!. Él, conmocionado con aquella imagen, dirigió una mirada interrogadora a su alrededor, antes de intentar reaccionar ante esa presencia angelical, discordante con tanta inmundicia. Luego de un esfuerzo, con la voz titubeante, alzó el mentón bruscamente, como desafiando su estadía allí. A lo que ella dibujó una sonrisa de a poco, para luego estallar en llanto. 


-  "Hola, papá"



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