sábado, 22 de junio de 2013

Los calvos


A ver. Tienes que aplacar con agua el copete que te deja la cama y retirar con la punta de los dedos las hebras de la almohada. Luego usar peine y en consecuencia ver cómo se va formando en él una desagradable maraña con el tiempo. Lidiar con la caspa para los de cuero cabelludo reseco. Pretender que crees en las promesas ridículas del champú, que si liso de seda de gusano egipcio, que si rizos de lingotes de oro suizos, que si hecho a base de trigo de praderas tibetanas, con germen extraído con el pie izquierdo de niñas vírgenes. Cualquier vaina.

¡Y viene más! Intervenir el look se convierte en prioridad llevados por la creencia de que con el pelo se van las malas rachas y las penas de amor…o para dar con esa sensación de renovación al asociar reducción de melena con fenómenos de luna llena. En fin, pelo.

Por el pelo aprendimos a salir con falsa satisfacción de un lugar donde la laca se revuelve con el terrible vaporón de un penetrante aroma a fibra rostizada que, en una sola nube, se enreda con música latina, risas y conversaciones imposibles. La peluquería y sus eternos acomodos, su dinámica traicionera, su incansable bullaranga y sus “puntitas” recortadas kilométricamente.

Hoy expreso mi más sincero respeto a todos los calvos del mundo quienes solventaron dejar al desnudo la brillantez de su frente extendida para burlarse en silencio de nosotros.

Esa gente sí que es feliz.  
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domingo, 2 de junio de 2013

Junio Veintitrés

Los vicios y su insistencia en hacernos su fetiche, su juguete sin pataleo. Tu cara, por ejemplo, mirándome como contemplando una tierra recién descubierta que pasó de ser misterio a salvación, de tragedia a gloria. Podría entregarle a la vida mi memoria, y dejar atrás lo que vaya viviendo justo en su momento, vaciarlo todo en un espacio optimista que se quede con lo bueno y deseche lo que no distinga, aprecie o comprenda. 

Hay vicios a los que me entregaría sólo por hastío al resto de las cosas que no me gustan, como dar explicaciones, hablar o fingir simpatía por algo que a solas no me causaría ni la menor chispa de risa. El vicio de la mudez, de escribir y escribir y escribir y escribir y escribir y sentir que con escribir respiro. Embriagarme de este silencio siempre tan consolador y oportuno entre mis labios. El vicio de ser mulata y no cambiarlo ni que pudiera. El vicio de contraerme en llanto por experiencias frescas. De ser constante hasta despellejarme, por pasión o terquedad, haciendo valer el primer paso con el resto de kilómetros recorridos. El vicio de narrar el trayecto, de ponerle comas a los barrancos y suturas a los cuadros moribundos que la memoria de arriba no quiso sostener.

El vicio del intento. Por ejemplo, podría intentar labrar mi camino y dejar de recorrer el tuyo, de usar tus zapatos, de mirar por tus ojos y pensar con tu cabeza. Podría. Me gustaría dejar de tener el esófago obstruido de tristezas, las ganas queriendo tomar forma y acabar con esta rabia palpitante en una escena de crimen perfecta que arme con mis propias manos.

Me entregaría al vicio de retirar balas de mi cien y convertirme en el proyectil que asesine tantos delirios. Entregarme a la torpeza de ser sólo yo, feliz en la franqueza, roja de risa sincera, desnuda bajo una luz bajita, flotante, dándole aplausos a mi euforia por árboles con nariz y cielos cenizos, inyectando de sentido los instintos, tolerando mis breves episodios de …bueno.

Podría entregarme al vicio de dejar el tiempo correr, de tocar con calma eterna mis pezones bajo jabón, de venir a hacer aquello por lo cual he nacido, de sofocar mis osadías y pudores en la misma cama, de dejar a la orden de la depresión mis musas súper putas, de echarme a andar en paz porque se que nadie me espera.



Entregarme al vicio desesperado de ser feliz.

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