jueves, 22 de abril de 2010

384,385,386...





Me gusta dejar colgada la cabeza del borde de la cama, colgados los hombros, colgado el cabello; que grandes torrentes de sangre fluyan a mi frente y me encharquen los ojos. Así consigo verter -casi literalmente- todo lo vivido en el suelo, que se derrame y tome otra dirección. Al final de cuentas, sobre el colador sólo quedan los recuerdos. Aprovechando que todo se ve al revés, me hago unas cuantas preguntas en voz alta, para probar si escuchándome obtengo respuestas concretas, nada de relatividades, sólo verdades más presentes, que causen efectos. A nadie le gusta escuchar las cosas tal cual son, menos si eres tú quien te las dices. Responderte es un atajo a la raíz de todo lo que evades por temor a las trescientas ochenta y cinco excusas que te separan de lo que quieres.

Y cuando apenas comienzas a acostumbrarte, "cambian las preguntas".

(Qué bueno tenerlo por aquí, Don Benedetti)

Sí, esto de ser humano es uno de los quehaceres más difíciles del universo conocido. Tamaña responsabilidad. Habitar un cuerpo que no diseñaste y como si NO fuese suficiente, aprender a convivir con una unidad intangible que se ubica nadie sabe dónde, denominada mente, que imagino funciona como un péndulo y donde se concentra una masa abundante de ideas responsables de todo lo que nos rodea. La mente es capaz de succionarnos a otro plano, hacernos dizque soñar despiertos, y %”·$/½…

A veces siento que no tengo idea de lo que digo.

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lunes, 19 de abril de 2010

Huésped

Se me hace necesario hablarte, así en plan charla relajada, sentados en un café de esos cuyos meseros cumplen con el riguroso requisito de la torpeza. Quiero decirte, amor mío y de muchas más, que nunca fuiste mi favorito, pero da la casualidad que di contigo en el momento más vulnerable de mi vida, cuando tenía la tensión baja y ni con azuquita subía. Yo te dedicaría una canción, pero tan poco memorable le eres a mi piel que reboto en el intento. Te ruego la perdones. Parlamentemos un poco, que nunca lo hicimos, invece hablábamos de lo mucho que te gustaba el calor de la playa y la arena entre los dedos, mientras yo asentaba con la cabeza para economizar discusiones. A estas alturas confieso, desagüe de mis dolores, que me heriste en el ventrículo derecho y otros toboganes carnosos del músculo de los poetas; pero yo hice del dolor una estructura monocigótica que aborté, y aquí estoy, esperando que el mesero deje de verle el derrière a la rubia para que me traiga azúcar de la morena. 


De que te olvido, te olvido; que si te extraño, cielo, juguemos a decirnos la verdad. Es que ni cuando andaba de tu mano te sentía conmigo, eras viento haciendo espacio en el camino. Vamos, no te ahogues, que no tienes derecho a hacerte el sorprendido. Siempre supiste que te detestaba con fuerza intestinal, pero algo había en ti que... fue esta infusión la que nos unió, y la que espero nos separe en esta tarde de sol playero, tal como te gusta. Dile al mesero que se acerque si quiere evitar una trifulca. ¿No has notado algo? Hoy hemos vencido varios temores, nos tratamos mejor de parlantes que de novios. “Novios”, eso sólo es una canción de Manzanero. Date cuenta que nos miramos a los ojos, nos escuchamos, y me río de tus tonterías porque realmente me causan gracia. Borramos algoritmos para sumar uno+nosotros=uno. Lamento la risita maliciosa, pero ambos sabemos que juntos somos nada. A pesar de todo, tienes licencia para acercarte y susurrar sin censura, aprovecha que mi oreja hoy acepta sobornos de huéspedes como tú.

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viernes, 16 de abril de 2010

Estar sin existir


Eran las 11:49 de una noche fría como tus pies. Y me aburrí sin pretensión de hacerlo, por lo que le di la orden a mi cuerpo de levantarse a vagar, como si entre las sábanas estuviesen enredadas mis melancolías, y buscara huir de ellas.

Esa noche fue larguísima, como la palabra misma. Se me antojaron aceitunas; por suerte había un frasco en la nevera, pero de tanto estar allí, había desaparecido. Es el mismo fenómeno de “estar sin existir” que sufren los floreros, los pósters, los ancianos, tu corte de cabello, y en casos marginados, tú. Porque hay cosas que se vuelven invisibles por permanecer mucho tiempo en un mismo lugar, colocados de la misma manera, en una sola condición, tan inertes que se desvanecen. 

Semidesnuda me paseé por la casa, fundí mi anatomía con la oscuridad, tanteando las paredes para no estamparle la frente a ninguna. Me hallaba inquieta, sedienta, sulfurada, con la sensación de estar en deuda con cuatro capitales, como quien ha saboreado la desdicha y le quedan los resabios. Prosperó la idea de amanecer en la sala, con un edredón entre el suelo y yo. Cuando estaba allí, mirando al techo, con esa rara actitud de nómada desahuciada, me pareció haberle visto clavículas a las lámparas. Mi cordura ha de perdonarme. Volví por exactamente tres aceitunas más. Qué espesas sentí las memorias entre bocado y bocado, fue saborear la pulpa del olivo mientras entendía que los recuerdos a veces se presentan tan perceptibles y cercanos que pueden llegar a tener aromas, es más, quien esté dispuesto, puede jugar al comensal vinícola que distingue a punta de olfato el año de la cosecha. Cualquiera puede, pero en mi caso, se necesitó un frasco de fruto inexistente y música de barcito en quiebra.

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domingo, 11 de abril de 2010

Cosas de gente grande



Si tuviese una cámara de gente grande, no les tomaría fotos a verduleros apilando a las lloronas de las cebollas.



Ni a pies sin cara. 


Ni a manos arrugadas. 


Ni a flores en plena pubertad. 


Ni a gente riéndose. 


Ni a huelgas caraqueñas. 


Ni a bebés. 


Ni a besos. 


Le tomaría fotos a indigentes de ojos miel, a los labios de un hombre que acaba de llorar, porque quedan como abultados e indefensos. …y las comisuras más delineadas. Haría posar al Ávila, pero no toda su magnificencia, sólo recortes de ella. Enfocaría las caderas evidenciadas de niñas que escandalizan al vestir, para captar esa idea de delgadez no sufrida. Quisiera tener una colección de gente que atraiga las miradas, así como los pelirrojos de rulos o las ancianas de pelo lila y lentes grandes. No quiero bufandas ni trapos peludos, pavos con pelos apuntando al cielo, ni mujeres con blue jeans. Omitiría también zapatos andando, patineteros en el aire antes de fracturarse, a cielos cliché o vidrios mojados de lluvia, no sin que haya alguien detrás. 

Dejaría registro del antes, durante y después de un mordisco. Gotas, me gustan las gotas, sobre todo cuando tiemblan en la superficie después de haber cumplido su jornada. Por la persecución, le crisparía los nervios a las mariposas azules, a las mariquitas, a esos bichitos de nombres científicos impronunciables. 

Me decantaría por los seres de redondez absoluta en el cielo, que trabajan por separado, pero cuando les provoca cuchichean en un eclipse: la luna y el sol. Tendría preferencia con la primera, es irresistible. Increíble que desde su altura de vértigo se le vean los continentes, un poco pixelados, pero entrecerrando los ojos se soluciona.

Si tuviese una cámara de gente grande, me sentiría grande y captaría todo eso que no puedo dejar de mirar.

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martes, 6 de abril de 2010

Sala de espera

-Señorita, siéntese ahí por favor y espere su turno.
- Cómo no, eh, pero antes...me presta ese lapicero. Gracias, tan amable.





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