domingo, 26 de julio de 2009

Primaveras

Mi mamá está próxima a sumarle 20 a sus 20. Y creo que el evento me enternece más a mí que a ella misma. Pero lo ha tomado muy bien. Últimamente hablamos mucho de eso. De pronto le da por echarme sus cuentos de adolescencia y yo la escucho atenta por lo hipnótica que resulta su manera de relatar aquellos episodios de tardes tibias. 


Me gusta dejar en sus manos mis horas, buscarle el color a todo aquello que el tiempo ha desvanecido, dejarme absorber por sus palabras chispeantes y pedacitos de pasado memorables. Lo hace con el alma hecha un vendaval, con la alegría de quien descubrió un nuevo continente; amena y sincera, cómoda en su discurso, tan íntima y contagiosa. Ella es de esas mujeres con carácter recio, que por minutos te hacen tragar grueso. Es insistente con lo que quiere. Imponente y autoritaria. Desesperada y altanera. Atenta y sensible. De hecho recurre a ese coraje frívolo cuando se siente vulnerable. Creo… 


Su vitalidad parece nunca agotarse. Es dueña de un temple inquebrantable con el que muchos débiles sueñan. Es un don. No cualquiera fractura el piso cuando camina. No cualquiera hace de las lágrimas un chiste. No cualquier día se le suma un año a la colección de primaveras. 



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domingo, 12 de julio de 2009


Están los que no deberían existir, los que existen sin intenciones de hacerlo, los que en vez de existir, viven y los que de vivir tanto se olvidan de la existencia de otros. Los que anuncian su llegada con un antojo y los que se van porque les provoca, dejando a otros con ganas de morirse.

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viernes, 10 de julio de 2009

Calipso

Todos tenemos un "amigo caminante" léase, "loquito" como lo llaman los niños que lo miran con una curiosidad tan aguda que podría incrustarse en la piel. El amigo caminante merodea por el sector en el que vives, nadie sabe su nombre pero sí su apodo, el que la misma gente se encargó de perpetuarle en la cédula. De repente te sonríe y tú no hallas a qué santo encomendarte. Pero son de esas risas vacías, solo un arqueo de labios al que te le atravesaste. Es un pobre hombre cuyo tono de piel se perdió entre los tintes de la calle, su pelo es una maraña de pensamientos extraviados que lo hacen conjurar las palabras “gato” y “universo” es una misma frase. Recibe billetes anónimos para apaliar el hambre y es normal que le guste el olor de la tierra húmeda por la lluvia. Sus pasos son rehenes del miedo, pero irónicamente camina como el hombre que está conciente de su propia importancia. De repente mira enfurecido a su alrededor como queriendo encontrar respuestas a preguntas que se hizo en instantes de cordura. Y yo sigo observándolo con detenimiento, sin intención de hacer ningún acto de caridad; porque si crees que lo que sigue es “y le dí un trozo de pan” te equivocas. Fue apenas un ejercicio de observación que me puso a pensar en…pues en lo que él pudiera estar pensando. 

Seguramente no piensa en nada, su mente es como un electrocardiograma en línea recta. Se pueden detectar algunos segunditos de lucidez, insuficientes como para entablar una conversación coherente. Veo que se ciñe su camisa maloliente al cuerpo, a modo de defensa contra el mundo, digo yo. Se apresa contra su bolsa de…cosas, y decide acostarse en el lugar que lo adoptó como inquilino después de ser un forastero mal habido. Las luces de algunos carros se desparraman contra el charco de agua que lo acompaña, se le ven los párpados cansados, el sueño comienza a desdibujar un día tan igual al de ayer, al de hace dos meses, dos años, tan parecido al de mañana. Entre tanto, se acurruca en posición fetal y sueña con rostros familiares, absurdas fantasías, mundos ideales llenos de impunidad y riqueza, formas abstractas y casi monstruosas, que lo estremecen, además del frío. Se acomoda, acobija las manos en sus bolsillos rotos, los periódicos están húmedos y de los zapatos se desprende una pestilencia propia de gabinetes de comida vencida. Se suman las bondades de los perros hambrientos que, en busca de calor quizás, se acercan y lo arrullan, con sonidos como susurrados del infierno, como esos que los lobos hacen cuando se sienten libres o que se yo. Son sonidos que el oído humano no debería permitir, pero que para este pobre hombre, se traducen en compañía, en presencia, en algo capaz de dibujar sombras además de las suyas. 

Quizás el silencio sea indicio de paz y calma para cualquier mortal de abrigos amarrados, pero para él significa el peligro que lo deja nadando en un río furioso de miedos. No se inmuta como al principio de sus días anónimos, ahora reacciona con la rapidez de un gato arisco. Se alinea en una marcha cautelosa de rico presumido al sentir que algo anda mal, tanto silencio no puede ser real. De pronto, distingue una sombra, un movimiento fugaz lo dejó helado, recorrió su cuerpo un fusilazo de pánico opresor, de esos que dificultan la respiración. En su oído se escucharon las palabras: “Calipso, calipso”. Sus manos temblaban. En un intento de falso heroísmo se secó la frente perlada de sudor y adoptó un porte más rígido. Miró a su alrededor con la rapidez que impedía que se desmayase allí mismo. En medio de una idea vaga, reparó a los caninos. Pero al sondear todo el lugar, se percató que era una mujer la que reposaba sobre sus periódicos, al lado del animal. La reparó por unos minutos, sin poder creer en aquella imagen tan irreal. Era una mujer hermosa, con piel de terciopelo y cabello rojizo. Había en ella algo de cuadro francés. Su rostro no advertía peligro, solo una calma absorbente a la que era difícil desprenderse.

 ¡Pero no era posible!. Él, conmocionado con aquella imagen, dirigió una mirada interrogadora a su alrededor, antes de intentar reaccionar ante esa presencia angelical, discordante con tanta inmundicia. Luego de un esfuerzo, con la voz titubeante, alzó el mentón bruscamente, como desafiando su estadía allí. A lo que ella dibujó una sonrisa de a poco, para luego estallar en llanto. 


-  "Hola, papá"



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