jueves, 23 de diciembre de 2010

Ciudad de poetas

El otro día me senté por ahí e imaginé que estaba en una ciudad cualquiera, no ésta. La gente se comportaba diferente, sus días, noches y madrugadas estaban regidas por otras malas costumbres. Sí, ellos toman en cuenta la madrugada;  no sólo duermen y sueñan, la viven. Entonces, los caballeros (que allí sí existen) tienen una fuerte inclinación hacía los sombreros,  correspondiente a una especie de moda bien llevada, algo equivalente a lo que es hoy en día los pelos pegajosos por el gel. Y las damas no dejan en casa el lipstick rojo, es regla por vanidad y cuidado…el clima es cálido. Ellas saben que en cualquier momento llegará uno de éstos a robar un beso, no es la mejor manera de comenzar el ilustre ritual del cortejo, pero sí el más exitoso. Los tacones no existen, por lo que son chicas de pies felices y descansados; “en caso de incendio, eche a correr”. Vi como un caballero tomó asiento, astuto y delicado, al lado de una niña que cargaba un hermoso vestido de encaje, por cierto. Le vió de reojo y sonrió, cual tigre que olfatea a leguas lo que serán sus bocados de medio día. Ella le extendió la jugada maliciosa y…ay señores, cuando hay dos sonrisas tan cómplices así, es como si se anudaran dos cielos llorones: no hay fuerza que evite la tempestad. Los cuatro ojitos hicieron corto circuito, al caballero no le hizo falta más nada para echarse a andar…muack!, una embestida de carne rosa chocó contra su boca y ésta en un falso intento por apartarse, dió un saltito sobre él para asirse a su camisa de cuadros. Ja, fue una vista muy diminuta la que hubo entre una boca y otra, sólo se notaba la ida y vuelta de lenguas que chapoteaban en el sabor del otro. 


Así son las cosas allá y yo, bueno, me río desde afuera, intentando sostener la imagen mientras batallo con Caracas para que no me interrumpa. 

La otra escena que me cortó la respiración se ubica en un agasajo para una dama, cuya cara destilaba el aburrimiento más contagiante,  alzó su falda por debajo de la mesa y sintió los dedos tibios de su acompañante,  un hombre que se convirtió en cuestión de segundos en invidente, hizo de su tacto la mejor batuta. “Quién necesita ojos cuando se está entre este par de piernas”, digo yo que pensaba él. Sí, entonces fue un asalto carnal que desbocó mi imaginación entre estas líneas. Me agrada esa gente, le tienen un aprecio magnífico a la piel, dicen que juega como el epicentro de lo que podría convertirse en…
Amor.  
Saben de dónde vienen, saben a dónde van. 

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6 comentarios:

  1. Joder, una buena entrada. Ojalá esa ciudad un día aterrize en la tierra.
    Saludos y Buenas Fiestas.

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  2. una ciudad de poetas, wow, yo viviría en una así

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  3. pd. felices fiestas
    pd2. premio en mi blog!

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  4. he intentado vivir en esa ciudad algunas veces, es intensa, me he ganado un par de bofetadas que no desdicen la cantidad de besos encharcados de carmín que amablemente también me han endosado

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  5. mientras leia intente imaginar la ciudad que me gustaria,una buena publicacion...saludos desde el planeta azul!

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  6. Muy bueno...muy bien escrito. Me pasaré seguido...

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