miércoles, 21 de septiembre de 2016

CÁPSULA N° 56: Tiny

Esta silla está acabando con la salud de mi columna, la cama no me arrulla como antes, la almohada es una placa tectónica que fractura mis sienes con cada movimiento, hay varios pares de zapatos que me aprietan, mi sueño está tan ligero que una mosca en tacones me despertaría, estoy intolerante al ruido, a las conversaciones fingidas, a las largas esperas, a reírme cuando no quiero, a las voces elevadas reclamando boberías que de formas calmadas entendería. Estoy pensando de más y eso me inyecta la frente de una sustancia que ocupa mucho espacio. Al mismo tiempo estoy apreciando la importancia de las cosas más simples y es en esa magia donde me refugio para respirar. Me rescato. Vuelvo a mí.

Todo cambia.

Nací blandengue, pero a medida que crecía, me desmenuzaba menos con cada parpadeo de viento, me hacía más fuerte, cada nuevo golpe me soldaba con oro las coyunturas, hacían de mí una mejor arquitectura. Mientras eso sucedía, cagaba las mejores calificaciones de mis clases, hasta que noté que no servía de nada, que era solo un asunto de estructura, reputación y protocolo, lo cual justificaba usar un hijo de puta uniforme de tejidos acalorados en intacta combinación, mientras afinaba el himno nacional entre bostezos, para luego equivocarme creyendo que algún día me serviría de algo saber de polinomios o del árbol genealógico de héroes patrios adoptados. Se me metió en la cabeza que de seguir así me convertiría en uno de mis profesores cuando fuese grande, y si había algo que me espantaba en silencio era la normalidad. Fue así como sin moverme, sin respirar, sin siquiera palpitar, huí, desaparecí, fue como si me hubiesen tragado las estrías de un suelo desierto que ya no me correspondía andar, murió esa parte de mí plagada de secretos a voces, fundida con el repudio de aquellos crédulos que depositaban su fe en la máscara que tanto costaba cargar, como si de ellos dependiera el título de esta obra. Finalmente quedó espacio para inclinar mi atención a otras figuras, quedó naturaleza viva para la influencia de otras criaturas, mixturas, auras, acciones, reacciones, creaciones, nombres, autores, palabras, luces de otros colores que iluminaban más. Me contagié. Así supe que me chiflaban cosas gravemente simples, infinitamente mínimas...ahora asumo con discreción que todo, todito, todo en esta vida me sorprende porque doto de maravilla cualquier estímulo que me haga crujir los huesos de emoción. Mis decisiones han superado la asesoría de psicólogos o la imposición de manos de maestros espirituales porque descubrí que las puedo tomar asumiendo la sorpresa en la dulzura o en la violencia de sus consecuencias. Se siente bien tener las riendas.


Dicen que soy una metáfora andante, un cuento que se echa sólo, una duda latente, un alarido constante, el lugar donde la gimnasia con la magnesia se juntan para convertirse en un infarto, en un estallido, soy esto que decidió no agotarse al son de un leve temblor.

Todo cambió.



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