sábado, 22 de junio de 2013

Los calvos


A ver. Tienes que aplacar con agua el copete que te deja la cama y retirar con la punta de los dedos las hebras de la almohada. Luego usar peine y en consecuencia ver cómo se va formando en él una desagradable maraña con el tiempo. Lidiar con la caspa para los de cuero cabelludo reseco. Pretender que crees en las promesas ridículas del champú, que si liso de seda de gusano egipcio, que si rizos de lingotes de oro suizos, que si hecho a base de trigo de praderas tibetanas, con germen extraído con el pie izquierdo de niñas vírgenes. Cualquier vaina.

¡Y viene más! Intervenir el look se convierte en prioridad llevados por la creencia de que con el pelo se van las malas rachas y las penas de amor…o para dar con esa sensación de renovación al asociar reducción de melena con fenómenos de luna llena. En fin, pelo.

Por el pelo aprendimos a salir con falsa satisfacción de un lugar donde la laca se revuelve con el terrible vaporón de un penetrante aroma a fibra rostizada que, en una sola nube, se enreda con música latina, risas y conversaciones imposibles. La peluquería y sus eternos acomodos, su dinámica traicionera, su incansable bullaranga y sus “puntitas” recortadas kilométricamente.

Hoy expreso mi más sincero respeto a todos los calvos del mundo quienes solventaron dejar al desnudo la brillantez de su frente extendida para burlarse en silencio de nosotros.

Esa gente sí que es feliz.  
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3 comentarios:

  1. tengo una espesa y larga melena. soy feliz, mi pelo genera la envidia de mujeres, estoy seguro que no de hombres, y mucho menos calvos. ahora, que eso de tener el piso de tu casa lleno del hebras de tu greña... es un martirio.

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  2. Que buena entrada... Muchos calvos te lo agradecerán, no lo dudo jajaja.

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